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martes, 26 de octubre de 2010

El Dios que nos preserva. Rev. Francisco Aular

No permitirá que tu pie resbale; jamás duerme el que te cuida. Jamás duerme ni se adormece el que cuida de Israel. Salmo 121:3,4
Al Dios que nos cuida y que “jamás duerme” le pedimos en este día:
Que nos permita estar en contacto con Él por medio de Su Palabra y de la oración a cada instante en nuestro andar cotidiano. Ninguna mañana sin buscar Su rostro.
Que nos permita ser felices y hacerles la vida feliz a los que nos rodean.
Ningún trato a un semejante sin buena intención.
Que nos dé trabajo y salud para realizarlo para que nuestras vidas estén llenas de gozo. Ninguna alegría sin una mirada de gratitud al SEÑOR.
Que nos permita saborear los momentos de descanso y ocio sin que nos sintamos culpables. Ningún instante sin Él.
Que nos conserve fuertes al ejercitarnos en la pruebas.
Ningún sufrimiento sin un alto de sumisión del alma a Su voluntad.
Que nos permita poner alas a la esperanza para cantarle y soñar grandes sueños para Su honra y gloria.
Ningún día sin reconocer que JESÚS en nosotros es la única esperanza.
Que Su amor derramado en nuestros corazones brote de nosotros en beneficio de los demás.
Ninguna ofensa recibida sin un perdón indulgente a quien nos hizo mal.
Que nos permita acudir a JESÚS y cobijarnos bajo Su gracia y perdón.
Ningún pecado sin arrepentimiento y confesión.
Que nos permita llevar a cabo todas las actividades para la extensión del reino. Ninguna reunión administrativa sin el recuerdo de la presencia de Dios.
Que pueda decir la palabra amable, y realizar la buena acción sin demora.
Ningún prójimo que sufra sin ofrecerle alivio.
Que no use a las personas y sus necesidades para hacerme promoción.
Ninguna buena acción sin humildad.
Que no ande buscando las fallas de los demás para criticarlos.
Ninguna falta observada en los demás sin ponerme en sus zapatos.
Que no tenga una exagerada opinión de mí mismo.
Ninguna noche sin un examen de conciencia.
Que tengamos la absoluta seguridad de que Él no duerme ni cabecea de sueño.
Ninguna caída porque Él no permite que nuestro pie resbale, y entorpezca nuestro corto peregrinaje hacia la Nueva Jerusalén.